La crisis financiera internacional debe constituir un momento crucial y provocar un cambio radical en el modo de funcionamiento del mundo financiero. El modelo dominante del capitalismo financiero está a punto de desmoronarse. Ese capitalismo, eximido hace 25 años del más mínimo control, especialmente en Estados Unidos, ha sido utilizado como el modelo a seguir en el resto del mundo. Un capitalismo que ha tratado con arrogancia a la gran mayoría, mientras la explotaba para beneficio de unos pocos imponiéndole, durante años, privatizaciones, desregulación y mercados sin límites.

Hoy, los excesos del capitalismo de casino le han llevado prácticamente a la ruina – poniendo con ello en peligro a la economía real. La economía europea vive, de hecho, con miedo a verse afectada por el tsunami financiero proveniente del otro lado del Atlántico, y ello a pesar de la relativa solidez que ha tenido hasta ahora la zona del euro. El gobierno norteamericano está reuniendo a duras penas cientos de miles de millones de dólares para salvar a los bancos de su propia locura; mientras tanto la crisis crediticia estrangula la financiación del sector industrial, dado que los bancos almacenan el dinero para protegerse. La amenaza de recesión está presente.

Si hay algo que debemos tener bien claro es que esta crisis ha sido producto de la codicia y la imprudencia de Wall Street, de Londres y demás principales plazas financieras. Los grandes empresarios han dado luz verde a la especulación a gran escala en inversiones de las que no tenían una idea clara. Los especuladores exacerbaron los severos aumentos observados en los precios del petróleo, los productos alimenticios y las materias primas. El resultado ha sido una gran cantidad de perdedores, entre los cuales figuran los trabajadores del sector financiero, aunque éstos no son los únicos, ya que también hay jubilados, familias, proveedores o empresas buscadoras de capital de inversión, y cada uno de nosotros debe, en calidad de contribuyente, pagar los platos rotos. Los costes del plan de rescate norteamericano son enormes y la participación de los bancos centrales del mundo entero ha adquirido ya proporciones considerables. Se necesitarán muchos años para recuperar todo ese dinero, si es que acaso se recupera, y nuestra capacidad de financiación de servicios públicos de calidad se verá seriamente comprometida.

Lo que hay que hacer ahora es dar una verdadera de timón. La irresponsabilidad de los bancos, de los hedge funds y del resto no debe llevar nunca más a las naciones al borde de la quiebra. De igual manera, el dinero del contribuyente no debe servir nunca más para apoyar a instituciones que siguen pagando con abundancia a sus directivos a través de sueldos y pluses desmesurados. El valor de la acción y las bonificaciones, vinculadas a dicha acción, que reciben los directores no deberán constituir nunca más el objetivo único de las empresas. No podemos aceptar que se repitan la grave irresponsabilidad, la codicia y la negligencia a las que nos hemos referido.

La CES, en colaboración con la Confederación Sindical Internacional, UNI-Europa, en representación de los trabajadores del sector financiero, y otras instituciones, se esfuerza por dar una respuesta sindical a la crisis actual. No obstante, a partir de ahora tenemos claro que es absolutamente necesario poner en práctica las siguientes medidas:

•  inyecciones de dinero público en las instituciones financieras a condición de que haya control público y, paralelamente a ello, un cambio profundo de comportamiento;
•  un control más estricto de la capacidad de las instituciones financieras para endeudarse, reforzando los ratios de capital propio;
•  una reglamentación eficaz a nivel europeo e internacional. Esta medida constituye una necesidad imperiosa, ya que el capitalismo financiero se ha desarrollado a una escala que sobrepasa las fronteras nacionales. Es necesario crear una agencia europea de calificación crediticia;
•  una acción a nivel gubernamental que garantice la disponibilidad de fondos para invertir en la economía real (industria, sector manufacturero, etc.), las tecnologías y los empleos ecológicos y el desarrollo sostenible;
•  una ayuda destinada a los trabajadores afectados, las familias amenazadas de expulsión, los jubilados de avanzada edad que viven en riesgo de pobreza y los empresarios que desean invertir. No es justo que los principales beneficiarios sean precisamente aquellos que han provocado el desbarajuste;
•  una respuesta a nivel europeo a la crisis que surta efecto en la economía real con la finalidad de evitar un trastorno financiero que tenga otras repercusiones. Evitar igualmente que reaparezca el modelo ‘sálvese quien pueda en detrimento de los demás’ con la aplicación de la moderación salarial competitiva y la reducción de los sistemas de protección social, perjudicando con ello a los trabajadores y sus familias y;
•  dedicar atención nuevamente y de manera urgente a las políticas públicas y a la cuestión relativa a las desigualdades salariales. La desigualdad y la escasa progresión de los salarios son los responsables de que los hogares se endeuden a través de técnicas financieras de alto riesgo.

Considerando los elementos antes expuestos, la CES llama a Europa a luchar por los derechos de los trabajadores, por la estabilidad del empleo y por un sistema sólido de negociaciones colectivas que sea independiente y no esté subordinado a tribunales ni a jueces.

Londres, a 27 de septiembre de 2008.